Por qué la humanidad no ha podido acabar con la corrupción?
Una lectura estructural de la corrupción como engranaje funcional.
Millones de mecanismos, miles de leyes, cientos de escándalos mediáticos y nada parece lograr resultados tangibles contra la corrupción. Por qué?
Durante años nos han repetido que la corrupción es el gran problema de nuestras sociedades. Que si la erradicáramos, todo funcionaría mejor; que los hospitales tendrían insumos, los jueces serían imparciales y los impuestos se traducirían en servicios reales. Una idea tan simple como reconfortante, hay buenos y malos, el sistema está bien diseñado y solo necesitamos más honestidad.
La cuestión es que hay algo que no termina de encajar, porque si la corrupción fuera realmente una falla, por qué persiste con tanta consistencia en tantos lugares diferentes? Por qué —después de décadas de campañas anticorrupción— seguimos viendo los mismos patrones una y otra, y otra vez?
Existe la posibilidad que estemos viendo el problema al revés. Qué tal si la corrupción no fuera una desviación del sistema, sino una de sus funciones más importantes?
En los códigos del derecho, todo está diseñado para funcionar con reglas claras, procesos formales y principios éticos inmaculados. En la vida real, esos procesos suelen ser lentos, ineficientes o completamente absurdos. Cualquiera que haya intentado hacer un trámite gubernamental conoce esa sensación de que el sistema parece estar diseñado para no funcionar. Los formularios contradictorios, las ventanillas que nunca están abiertas o los requisitos que cambian cada semana sin mayor lógica.
Es ahí donde aparece la corrupción —no como una anomalía, sino— como un mecanismo informal de adaptación. La mordida al funcionario que "agiliza" un trámite, el favor que permite saltarse una cola infinita o la conexión que resuelve lo que los canales oficiales no pueden resolver. No, no está desmantelando el Estado, lo está haciendo funcionar a pesar de sus propias contradicciones.
Es ilegal, sí. Es injusto, también. No se trata de argumentar lo contrario, pero el tema es que es funcional. Y esa funcionalidad explica por qué la corrupción sigue estando presente en la sociedad mejor que cualquier teoría sobre “falta de valores”.
Y así se llega a la parte que incomoda y choca bastante, porque en muchos contextos, quienes recurren a la corrupción lo hacen porque el sistema formal los ha abandonado. Cuando un hijo está enfermo y el hospital público no tiene medicinas, pero aparece alguien “conectado” ofreciendo conseguirlas sin que se pueda hacer muchas preguntas, el moralismo se convierte en un lujo que no se puede permitir. No es falta de valores, es una válvula de redistribución en un sistema que no funciona igual para todos.
Y de ahí se salta a la pregunta más compleja… Realmente el sistema quiere eliminar la corrupción? Porque hay una razón estructural por la cual nunca desaparece completamente, ni siquiera en los países más desarrollados. Las zonas grises permiten mover dinero, favores, lealtades y poder sin pasar por los canales visibles. Son un recurso estratégico para quienes necesitan que las cosas se muevan cuando los procesos formales no alcanzan a entender la complejidad social.
Lo que se muestra como "malas personas" haciendo trampa, también refleja las contradicciones estructurales de un sistema que necesita ser hackeado para que pueda seguir funcionando. Por eso, aunque se condene en el discurso público, se tolera en la práctica privada. Por eso la lucha contra la corrupción se convierte en una actuación política, no en transformación real.
Y hay algo más complejo todavía. Para muchos sectores de la sociedad, lo que el Estado llama corrupción, ellos lo viven como justicia compensatoria. Ya no es la excepción urgente ni la emergencia circunstancial; es el resultado de nunca haber tenido acceso formal al sistema, pero siempre haber oído que “con valores y honestidad se logra todo”. Y tras comprobar que la honestidad no garantiza acceso, la trampa se convierte en una forma de dignidad. Así, el “me toca porque nunca me tocó nada” es una forma de corregir exclusiones que vienen de mucho antes y que el sistema no puede o no ha querido procesar.
Es una redistribución emocional del botín que va más allá del dinero; va sobre sentir que finalmente se tiene algo de poder en un sistema que siempre dejó por afuera. Y eso crea lógicas de pertenencia y lealtad que son mucho más potentes que cualquier moral institucional abstracta.
El dilema real no es que no podamos eliminar la corrupción. Es que, si lo hiciéramos completamente, el sistema como lo conocemos podría derrumbarse. Porque muchas de sus funciones reales —las que permiten que la vida social siga funcionando a pesar de las contradicciones institucionales— están delegadas a esos mecanismos informales.
Por eso, la única forma de eliminar realmente la corrupción no es con más fiscales ni endureciendo leyes. Es rediseñando la lógica del sistema, para que no necesite ser hackeado para funcionar. Para que la eficiencia no tenga que ser informal, para que la justicia no tenga que ser compensatoria, para que el poder no tenga que moverse en las sombras.
Y eso, obviamente, es mucho más difícil que una campaña moralista.
Entender que la corrupción es funcional no significa justificarla, así como reconocer que el sistema la necesita, no implica que debamos rendirnos ante la corrupción. De hecho —lo contrario— solo tratando de entender el panorama completo se puede aspirar a transformarlo. Antes de pensarlo como excusa o una renuncia ética, analizar el rol de la corrupción es una forma de entender cómo opera realmente el sistema. Porque sin esa comprensión, seguiremos atrapados en discusiones simbólicas contra fantasmas que nunca fueron el verdadero enemigo. Pero al menos si lo entendemos así, podríamos empezar a ver al monstruo completo.




Ayer mismo hablábamos de todo esto entre amigas. La corrupción hace que el sistema siga funcionando y los arreglos que se intentan hacer lo que consiguen es que la administración aún sea más laberíntica e injusta para quienes no tienen mano en el poder. Eso sería para las (digamos) pequeñas corrupciones cotidianas (que te atienda un médico especialista y no tener que esperar tres meses, conocer el truquillo para pagar un poco menos por tu licencia de obras, enterarte de una determinada licitación y no tener que mirar todos los días el boletín oficial, evitar el pago del IVA no pidiendo factura al fontanero que te arregla el grifo o al del aire acondicionado, por ejemplo). Por frecuentes y limitadas en su alcance defraudatorio, vistas de una en una, no dejan de ser corrupciones. Podemos decir que lo hace todo el mundo, no por "maldad" sino porque la cosa funciona así y podemos aceptar que hacen que el sistema no colapse. Pero creo que otra parte de la corrupción no se explica tanto por esta teoría. Otra parte no la entiendo sino es por avaricia personal y porque el sistema está podrido. Me refiero a las comisiones que se llevan intermediarios en los contratos entre empresas (que ya son de por sí poderosas y tienen ya grandes beneficios) y administraciones, algo que sigue pasando a pesar de las trabas que la administración pone y que tienen relación en muchos casos con la financiación de los partidos políticos, y en otros con el enriquecimiento personal de determinados sujetos que se pegan a quienes tienen el poder político. También me refiero a la relación clientelar de los políticos y sus afiliados y votantes (yo te facilito tal y tú me votas), sobre todo en los pueblos. Es entristecedor ver los efectos de ese mal que parece incurable, porque revienta la confianza en la legalidad y la democracia y allana el camino a los fascismos y el populismo.
Me encanta el concepto de eficiencia informal.